Cochambre
José Luis Vera Jiménez
abril 24 - junio15, 2009
No se puede soslayar cualquier imprevisto, cualquier afectación intelectual o emotiva sin que desencadene la misma fuerza repulsiva o de aceptación de tales acontecimientos en la actividad del artista, por más nimios que estos sean. Pero esa reacción tiene que estar completamente digerida por la experiencia previa a lo que sucede, y aun más, con la necesidad y la experiencia dibujística, y, consecuentemente, con la tradición cultural que enmarca cualquier tipo de resultado gráfico, es decir, el trabajo sensible como reorganización de lo vivido y su transformación formal continua y obsesiva a manera de dibujo.
Sí las cualidades de éste dan fe de las estrategias y apropiaciones estilísticas y técnicas asumidas como la maquinaria que resignifica las vivencias, tamizando su naturaleza cotidiana y vulgar, devienen entonces en postulados gráficos sobre una realidad dura y absurda, donde gran parte de las desavenencias entre quienes la construyen, uno y los otros, tienen que ver, en gran medida, con múltiples malentendidos sobre la esencia de la verdad, o más bien, sobre la naturaleza de las verdades individuales, confrontadas conflictivamente y cuyo equilibrio parece estar establecido por la manera en que cada quien asume la concepción de su ego o de la parcela de poder individual que cada uno cree, por derecho propio, disponer.
Por lo tanto, adoptando y adaptando como leit motiv principal las interrelaciones humanas, se enfrenta el artista a nuevos conflictos, solo que ahora incrustados en el pensamiento particular que se tiene sobre lo que podemos llamar como el “hecho gráfico”, y el dibujo entonces se convierte en el razonamiento para verificarse, para validarse a sí mismo, a través de la proposición de suficientes y variadas argumentaciones técnicas, principalmente, de tal manera que se represente, cada vez menos de manera agradable o bella, la perplejidad ante lo vivencial, y sea entonces el modo figurativo y retórico el camino para transitar por las tribulaciones, pero distanciando a esa representación dibujística de la mera descripción de algo por lo demás inasible.
Es ahí, precisamente donde la arquitectura de las escenas representadas en los dibujos de José Luis Vera pueda verse como un catálogo de desavenencias, como el veredicto autónomo sobre el corpus dibujístico, en un discurso siempre irresuelto, siempre a medio camino, ambiguo, rayando peligrosamente en su autocomplacencia dibujística.
Se asume entonces la justificación de tal actividad como contradicción entre el lenguaje (normado por su propia consistencia) único y necesario para elucubrar proposiciones morales y por lo tanto imposibles, y su categorización ensimismada como desecho del exorcismo gráfico de los demonios interiores del artista.
Así el dibujante acepta, de alguna manera, la pérdida total de las intenciones estéticas (sin que, paradójicamente las evada), para abastecerse con la idea de la suciedad acumulada: cochambre de motivaciones conceptuales, la cochambre enquistada en la insuficiencia de la tinta o la pintura para expresarse mas allá de sus artilugios, la cochambre que deja el desapego, la cochambre resultado de la incapacidad de debatir sobre la otredad; la cochambre como resultado de ir agregando (en palabras del artista) “más basura dibujística” a este ya de por si contaminado mundo; en fin, la cochambre del dibujo destinado al olvido.
Qué queda entonces en la mirada después de la exhibición de la silenciosa brutalidad cotidiana, amaestrada estéticamente, sino la paradoja del objeto artístico que pretende negarse a sí mismo, y a su vez discutiendo su impronta simbólica.
De ahí la acumulación en el taller de dibujos y más dibujos, y en ésta, la más reciente producción de José Luis, sus intenciones reiterativas por dar marcha atrás al discurso de siempre, pero, proponiendo nuevas argumentaciones, ahora ya casi de manera efímera, ya sea en las disgregaciones del cuaderno de estudios o en los dibujos realizados ex profeso en los muros del espacio de exhibición, a manera de apuntes temporales sobre las condiciones y el imaginario del momento.
Pero de vez en cuando hay que limpiar el cochambre y dejar pulcro de nueva cuenta el territorio por donde deben transitar nuevos discursos y nuevas maneras de estar en paz con la realidad, ya que los dibujos de José Luis parecen contener siempre el germen (en varias acepciones de la palabra) que demuestra su preocupación y fascinación por la vida y por el arte.
Didier Monari
Montpellier, Francia, Primavera de 2008.
José Luis Vera Jiménez
Nació en la ciudad de Tepeapulco, Hidalgo, México, en 1967. Estudió en la Escuela de Bellas Artes del Estado de México y en la Universidad de Guadalajara. Tomó un curso de grabado contemporáneo en París, Francia. Desde 1988 ha expuesto individual como colectivamente en México, Francia, Checoslovaquia, Taiwán y España. Ha participado como ilustrador de numerosas publicaciones, como Tierra Adentro y La Jornada Semanal. Ha sido merecedor de variados reconocimientos, premios y menciones; en 2003 fue Primer lugar de la I Bienal Nacional de Dibujo Silvia Pawa.
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Exhibiciones